DESAYUNO ESTRATO 6

Fue la misma sensación de las mil veces y una vez que tuve que entrar a recorrerla, dos manojos de hierbas extrañas y de olores perturbadores me dieron la bienvenida queriéndose quedar impregnadas en mi cuerpo. Sólo un pasito más y ya conocía la gran oferta, la amenazadora cantidad incontable de productos disponibles y mal lavados que desde $100 podía llevarme a casa, que la yuca, que la papa, que las frutas, que el incienso, que las peras, que la arracacha, que a la orden.

He sufrido desde niño los vituperios de los olores de la Plaza de la América, no porque sean los típicos espanta niñas clase alta, sino porque mi memoria olfativa se desarrolló cuando sacramentalmente debía ir a visitarla cada sábado en la mañana.

Dos cuadrillas y a la derecha en búsqueda del personaje, del afortunado entrevistado que salvaría la diferencia de aquella visita con las de los mil y un sábados de mercado. Antes de encontrarlo debía rogar permiso a casi 80 cajas de cartón mal ubicadas. Allí mismo, a un solo giro de mi cabeza estaban los ojos de pez bailarina más grandes que había visto, y es que querían salirse a perseguir los ñervos de carne que caían del desquebrajo del cadáver de un novillo. La habitual sonrisa macabra del carnicero gordo me hacía sentir en un cuento de hadas…negras.

Las heces humanas de plástico, el chicharrón de goma, el mico médico que le examina el trasero a otro con cara de excitado, mil y un dichos paisas en pequeños cuadritos de “adorno”; encuadraban el local que arrebataba sonrisas a los malencarados transeúntes. No hay que mirar las pintas del vendedor para diferenciarlo del visitante, su cara de costumbre y de tranquilidad los separa del otro gran grupo.

Casi obligado por la costumbre recordé que no había desayunado, no era una necesidad biológica, era curiosidad. Me senté en una silla alta- realmente alta- de madera en una especie de barra americana con arroces del día anterior, con una pequeña mancha de aguacate y con platos sin lavar de muchos desayunos. La entrada, una sonrisa que amenazó con burla y que propuso buen servicio. “A la orden bambino”, me dijo, y casi aterrorizado contesté que quería dejarme sorprender. Chorizo, calenta’o, algo de hoga’o, arepa hecha a mano y quesito (un lujo porque esa adición me costó casi la cuarta parte de la cuenta) y gaseosa. Conocí “La Botella Voladora”, cuando sirvió mi sobremesa amenazó con tirármela encima, pero antes de la tragedia me salvó con la otra mano y una carcajada incesante acompañada de pequeñas partículas de babas que se posaron sobre mí fue el mejor presagio para disfrutar mi desayuno de plaza.

“Usted sabe que lo que necesite bambino” mencionaba el gracioso vendedor mientras limpiaba el sudor de su frente que lograba disimular con una pañoleta azul claro y mientras respondía a cualquier burla, chascarrillo, comentario o simple saludo de todo el que pasara. “Hasta gente estrato 6 come donde el bambino” también mencionó. Traté todo el tiempo de ocultarle el oficio de aquella visita, pero como vio que era prolongada empezó a indagarme tanto que consiguió la respuesta. “Quédese bastante tiempo periodista” fue la invitación que me motivó a dejar atrás el tedio que generaba el ruido de la gente, el olor a sangre, a sahumerio y la confusión visual de lugares y colores.

En una especie de altar estaba un artículo del periódico El Colombiano, enmarcado en madera con comején, de hace unos varios años con una crónica que exaltaba- como casi todas las crónicas de personaje- la risible personalidad del “Bambino”.

Al fondo a la derecha- cuestión peculiar- estaba el baño que aunque se resistía al desorden del resto de la plaza, tratando de llevar las cuentas de sus visitantes con una registradora, no se escapó de la confusión de olores entre sus oficios y el basurero que queda justo detrás de él. Cerca de allí está el criadero de cucarachas más grande que he conocido, parece que allí se hubiesen refugiado todas en las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Es curioso ver cómo en el basurero, ellas mismas hacen ver como si las cáscaras, las flores viejas, las leguminosas podridas caminaran o se desplazaran.

Sólo unos minutos más y mi estómago empezó a hacerse sentir, reflujo y arcadas se aliaron para recortar la duración de mi recorrido que empezó a cerrarse con el recuerdo de los gritos, el calor, el olor a sangre y a hierbas, el hedor a podredumbre, a baño público, los empujones de la gente y el sudor de los carniceros. Fue ahí donde concluí, las cucarachas no tienen olfato ni desayunan como la “clase alta”.

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