TRADICIONALIDAD VS. MODERNISMO, un reportaje de barrio
Estar atravesado por la avenida 33 y las modernas construcciones de urbanizaciones con más de tres torres con 20 pisos cada una, cuatro apartamentos por planta, alrededor de 1000 habitantes que alcanzan a verse las caras máximo dos veces al día si su rutina les permite, las porterías y los servicios a domicilio, mitifican e intentan esconder la tradicionalidad del barrio La Castellana de Medellín. Un barrio con más de 50 años de historia, donde vive gente que podría contar en anécdotas envolventes, y no en menos de tres horas de tertulia, el progreso de una ciudad con la que crecieron recíprocamente.
Existe- en La Castellana- un paralelo casual en la conformación y distribución de un barrio que se debate entre mantener las costumbres barriales y “avanzar” acoplándose a las nuevas tendencias de vivienda: áreas pequeñas sin posibilidad de modificación de fachada (asunto que uniforma rasgos propios de la identidad humana), múltiples parqueaderos, lugares “comunes” o “sociales” que quizá una vez al mes se visitan y en donde paradójicamente no se encuentra a nadie, ruidos que no le pertenecen al núcleo familiar que reside bajo el mismo techo, olores que no son producidos por los de la misma sangre…
El “picadito” de fútbol en la calle, con cuatro piedras que formen los arcos, un juez más interior y moral que visible e inquisidor, un único objetivo: ganar el anhelado premio de una Coca Cola de dos litros por haber salido ganador del encuentro; o, tener que llamar con horas de anticipación a reservar la cancha de la unidad residencial para que la programación no interrumpa la contienda, y tener que pagar por los miembros del equipo que no vivan en la urbanización.
Modus vivendi
En La Castellana resulta sencillo encontrar los dos estilos de vivienda: la tradicional en casas con áreas amplias, de dos plantas, con jardín (o por lo menos antejardín), con diferentes fachadas y adornos, donde se conocen los nombres de todos los vecinos de la cuadra- y hasta de la manzana-, donde se debe salir a la tienda todos los días para abastecerse; y, la de unidades residenciales donde el promedio espacial es de dos metros cuadrados por habitante en la totalidad del lote construido, donde el único nombre conocido es el del portero de turno – que a veces parece haciendo las veces de esclavo-, donde cada salida a la calle de los residentes representa encender el automóvil o pagar un pasaje.
Orlando Villada, portero de la unidad residencial Castillo de La Castellana, trabaja en turnos de 12 horas diarias, a veces como “rondero” (dando vueltas por la unidad vigilando que “todo esté en orden”); y a veces en portería donde debe estar pendiente de la entrada y salida de residentes y visitantes, y de contestar al citófono cuando cualquiera de los 240 apartamentos presente alguna necesidad: que el taxi, que la pregunta, que le prendan el turco, que si vieron salir a Peranito, etc. “La gente de acá ya vive en otro cuento, lo saludan a uno con la señita desde la ventana del carro y uno responde por cortesía. A veces, la verdad, ni me acuerdo quién es...”
El barrio cuenta, como casi todos los de Medellín, con servicios básicos que generan convivencia y vecindad: iglesia (aunque compartida con los barrios Santa Gema, La Villa, Las Mercedes y algún sector de Laureles), supermercado, parque (entre las manzanas), tiendas, graneros, zapatería, vivero, colegios, escuelas, papelerías, estanquillos…
Personajes
Genry Wilson Durán Vélez vive en La Castellana hace 10 años y desde que llegó allí ha tenido una tienda (en todo el parque) que un principio se llamaba Dinamarca y que cambió de nombre en honor al personaje que él mismo representa como hincha del Atlético Nacional. “El Indio”, nombre que le debe a su vestimenta cuando acompaña a su equipo en el Estadio Atanasio Girardot. “Yo soy de Urrao y allá hay unas fiestas en las que todo el mundo se disfraza de indio. En el año 95 yo llegaba a Medellín de las fiestas y me quedaron unas plumas verdes y blancas (colores del uniforme del equipo antioqueño) y decidí armar un plumaje para irme para la final de la copa libertadores, era contra Gremio, ahí me dejaron El Indio, ahora todo el mundo me dice así”.
La tienda Indio´s se hace particular porque en la vitrina se encuentran las fotos que el personaje- reconocido por la mayoría de habitantes del barrio- se ha tomado con “grandes figuras” del fútbol colombiano, entre ellos posa con Víctor Hugo Aristizábal, Mauricio Serna, Herman Gaviria, Miguel Calero, Carlos Valderrama (“El Pibe”), Faustino Asprilla, José René Higuita; y hasta con el mismo presidente actual de Colombia y el ex gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria Correa.
No dejan de llegar a la tienda personajes inadvertidos que sólo quieren comprar productos de la canasta familiar necesarios para el día, o personajes que generan historias alrededor de este lugar que, también, respeta la tradicionalidad de un barrio. Don Mario, el chancero, se acerca para ofrecer diariamente el billete de lotería que El Indio acostumbra comprar. En ese momento llega la hermana de El Indio y por cualquier motivo necesita el número de su cédula. Es el chancero quien responde- de memoria- el número de identificación. “Es que normalmente juega el chance con los números de la cédula”.
Deseos
En las palabras de la gente también se nota un deseo de que el barrio no pierda la tradicionalidad y las costumbres propias de los barrios de la ciudad. “Este no es el típico barrio popular, pero muchas tradiciones se mantienen: el ir cada domingo a misa, el saludar a los vecinos, salir a la tienda en las mañanas a comprar leche, sentarse en el parque a conversar con viejos conocidos; son cosas que todavía vivimos acá en La Castellana. Soy consciente de que ahora hay mucho edificio que daña la infraestructura típica de los barrios, pero acá todavía hay tradicionalidad”, menciona María Antonia Arrubla, habitante del sector, quien saca a pasear a su perro.
La lucha por mantener aspectos de tradición en el barrio no solo la viven quienes residen en casas antiguas, o quienes llevan muchos años viviendo en el sector; también compete a los habitantes de unidades. Carlos Mario Posada Duque, administrador de la unidad residencial Castillo de La Castellana (aquella de los 240 apartamentos donde la gente ni se conoce), organiza varias fiestas de integración al año, “…dos para los niños, una para las parejas, una en amor y amistad, otras cuantas en diciembre con novenas y “natillada, pero la gente no llega. De los 1000 residentes que calculamos tener, bajan los mismos 20 de todos los años. Es bien complicado hablar de convivencia cuando a la gente no le interesa ni conocer con quién viven al lado o encima”.
Problemas
No solo estas historias reflejan el deseo de mantener las costumbres en un barrio tan antiguo como Laureles, Prado o El Poblado; también las problemáticas sociales hablan de la evidente transformación que ha tenido La Castellana. El periódico Gente, en su primera edición de agosto de 2009, da fe de situaciones conflicto propias de un barrio tradicional, pero también de un barrio moderno. Habla (para enmarcar el problema de barrio tradicional) de presencia de marihuaneros todas las noches en el parque del barrio; y denuncia (para mencionar una problemática de barrio moderno) los incontrolables trancones que se presentan en la glorieta de la 80 con 33 en horas pico.
Se suma, como problema de barrio de conformación, organización y costumbres contemporáneas, una situación de sobrepoblación. Justo detrás de Castillo de La Castellana está planeada la construcción de un conjunto residencial con un total de apartamentos muy cercano a los 200… otros 1000 habitantes (aproximadamente). “Para que empiecen a construir Castel del Monte (nombre del nuevo proyecto de vivienda) falta que vendan como 4 apartamentos, ese es el tope de equilibrio, ya de ahí van es para arriba y del bosque… de pronto los recuerdos”, menciona Luis Carlos Balvin, vigilante de la sala de ventas de la futura urbanización, entre carcajadas.
Existe- en La Castellana- un paralelo casual en la conformación y distribución de un barrio que se debate entre mantener las costumbres barriales y “avanzar” acoplándose a las nuevas tendencias de vivienda: áreas pequeñas sin posibilidad de modificación de fachada (asunto que uniforma rasgos propios de la identidad humana), múltiples parqueaderos, lugares “comunes” o “sociales” que quizá una vez al mes se visitan y en donde paradójicamente no se encuentra a nadie, ruidos que no le pertenecen al núcleo familiar que reside bajo el mismo techo, olores que no son producidos por los de la misma sangre…
El “picadito” de fútbol en la calle, con cuatro piedras que formen los arcos, un juez más interior y moral que visible e inquisidor, un único objetivo: ganar el anhelado premio de una Coca Cola de dos litros por haber salido ganador del encuentro; o, tener que llamar con horas de anticipación a reservar la cancha de la unidad residencial para que la programación no interrumpa la contienda, y tener que pagar por los miembros del equipo que no vivan en la urbanización.
Modus vivendi
En La Castellana resulta sencillo encontrar los dos estilos de vivienda: la tradicional en casas con áreas amplias, de dos plantas, con jardín (o por lo menos antejardín), con diferentes fachadas y adornos, donde se conocen los nombres de todos los vecinos de la cuadra- y hasta de la manzana-, donde se debe salir a la tienda todos los días para abastecerse; y, la de unidades residenciales donde el promedio espacial es de dos metros cuadrados por habitante en la totalidad del lote construido, donde el único nombre conocido es el del portero de turno – que a veces parece haciendo las veces de esclavo-, donde cada salida a la calle de los residentes representa encender el automóvil o pagar un pasaje.
Orlando Villada, portero de la unidad residencial Castillo de La Castellana, trabaja en turnos de 12 horas diarias, a veces como “rondero” (dando vueltas por la unidad vigilando que “todo esté en orden”); y a veces en portería donde debe estar pendiente de la entrada y salida de residentes y visitantes, y de contestar al citófono cuando cualquiera de los 240 apartamentos presente alguna necesidad: que el taxi, que la pregunta, que le prendan el turco, que si vieron salir a Peranito, etc. “La gente de acá ya vive en otro cuento, lo saludan a uno con la señita desde la ventana del carro y uno responde por cortesía. A veces, la verdad, ni me acuerdo quién es...”
El barrio cuenta, como casi todos los de Medellín, con servicios básicos que generan convivencia y vecindad: iglesia (aunque compartida con los barrios Santa Gema, La Villa, Las Mercedes y algún sector de Laureles), supermercado, parque (entre las manzanas), tiendas, graneros, zapatería, vivero, colegios, escuelas, papelerías, estanquillos…
Personajes
Genry Wilson Durán Vélez vive en La Castellana hace 10 años y desde que llegó allí ha tenido una tienda (en todo el parque) que un principio se llamaba Dinamarca y que cambió de nombre en honor al personaje que él mismo representa como hincha del Atlético Nacional. “El Indio”, nombre que le debe a su vestimenta cuando acompaña a su equipo en el Estadio Atanasio Girardot. “Yo soy de Urrao y allá hay unas fiestas en las que todo el mundo se disfraza de indio. En el año 95 yo llegaba a Medellín de las fiestas y me quedaron unas plumas verdes y blancas (colores del uniforme del equipo antioqueño) y decidí armar un plumaje para irme para la final de la copa libertadores, era contra Gremio, ahí me dejaron El Indio, ahora todo el mundo me dice así”.
La tienda Indio´s se hace particular porque en la vitrina se encuentran las fotos que el personaje- reconocido por la mayoría de habitantes del barrio- se ha tomado con “grandes figuras” del fútbol colombiano, entre ellos posa con Víctor Hugo Aristizábal, Mauricio Serna, Herman Gaviria, Miguel Calero, Carlos Valderrama (“El Pibe”), Faustino Asprilla, José René Higuita; y hasta con el mismo presidente actual de Colombia y el ex gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria Correa.
No dejan de llegar a la tienda personajes inadvertidos que sólo quieren comprar productos de la canasta familiar necesarios para el día, o personajes que generan historias alrededor de este lugar que, también, respeta la tradicionalidad de un barrio. Don Mario, el chancero, se acerca para ofrecer diariamente el billete de lotería que El Indio acostumbra comprar. En ese momento llega la hermana de El Indio y por cualquier motivo necesita el número de su cédula. Es el chancero quien responde- de memoria- el número de identificación. “Es que normalmente juega el chance con los números de la cédula”.
Deseos
En las palabras de la gente también se nota un deseo de que el barrio no pierda la tradicionalidad y las costumbres propias de los barrios de la ciudad. “Este no es el típico barrio popular, pero muchas tradiciones se mantienen: el ir cada domingo a misa, el saludar a los vecinos, salir a la tienda en las mañanas a comprar leche, sentarse en el parque a conversar con viejos conocidos; son cosas que todavía vivimos acá en La Castellana. Soy consciente de que ahora hay mucho edificio que daña la infraestructura típica de los barrios, pero acá todavía hay tradicionalidad”, menciona María Antonia Arrubla, habitante del sector, quien saca a pasear a su perro.
La lucha por mantener aspectos de tradición en el barrio no solo la viven quienes residen en casas antiguas, o quienes llevan muchos años viviendo en el sector; también compete a los habitantes de unidades. Carlos Mario Posada Duque, administrador de la unidad residencial Castillo de La Castellana (aquella de los 240 apartamentos donde la gente ni se conoce), organiza varias fiestas de integración al año, “…dos para los niños, una para las parejas, una en amor y amistad, otras cuantas en diciembre con novenas y “natillada, pero la gente no llega. De los 1000 residentes que calculamos tener, bajan los mismos 20 de todos los años. Es bien complicado hablar de convivencia cuando a la gente no le interesa ni conocer con quién viven al lado o encima”.
Problemas
No solo estas historias reflejan el deseo de mantener las costumbres en un barrio tan antiguo como Laureles, Prado o El Poblado; también las problemáticas sociales hablan de la evidente transformación que ha tenido La Castellana. El periódico Gente, en su primera edición de agosto de 2009, da fe de situaciones conflicto propias de un barrio tradicional, pero también de un barrio moderno. Habla (para enmarcar el problema de barrio tradicional) de presencia de marihuaneros todas las noches en el parque del barrio; y denuncia (para mencionar una problemática de barrio moderno) los incontrolables trancones que se presentan en la glorieta de la 80 con 33 en horas pico.
Se suma, como problema de barrio de conformación, organización y costumbres contemporáneas, una situación de sobrepoblación. Justo detrás de Castillo de La Castellana está planeada la construcción de un conjunto residencial con un total de apartamentos muy cercano a los 200… otros 1000 habitantes (aproximadamente). “Para que empiecen a construir Castel del Monte (nombre del nuevo proyecto de vivienda) falta que vendan como 4 apartamentos, ese es el tope de equilibrio, ya de ahí van es para arriba y del bosque… de pronto los recuerdos”, menciona Luis Carlos Balvin, vigilante de la sala de ventas de la futura urbanización, entre carcajadas.
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