HISTORIA DE UN LIBRO

Hoy me cambió la vida… después de cerrar la contra pasta, una sensación extraña se apropió de mi cabeza. Fue como si a partir de aquel preciso momento todos los objetos que alcanzaba a percibir visualmente tuvieran una historia por contarme o me desafiaran a contarla, es que cada rincón habitado por seres inertes tiene la inimaginable capacidad para enmarcar todo un suceso en la vida de los hombres. Vino el trago.

105 páginas de las cuales podría quedarme contando la historia de cada letra, que la A, que por qué la A, que para qué un guión, que la tinta, que el papiro. Una colección de miradas, de un verdadero observador, para hacer de la descripción de un objeto de uso cotidiano o de una situación habitual y normal, algo tan “volado” como para inspirar la mente joven – no muy pura- de presuntos escritores y cronistas.

33 cosas que advierten que el mundo puede tener otras miradas, 33 pedazos de vida encerrados en objetos “muertos”, 33 sonrisas a quien se enfrenta a sus recuerdos cuando lee, 33 culpables de desilusión para quien no tenga la capacidad de percibir el mundo de semejante manera.

Un libro más que cabría en la colección intelectual de muchos que buscan el libro para acariciar su ego o para masturbar su conocimiento invaluable e inalcanzable. Un libro más que –como los bien escritos- hace referencia a los grandes teóricos de la Historia. Uno más para quienes castigan su soledad con algo de letras, uno más para quienes desean dejarse cautivar, otro que representa el castigo para quien se niega a descubrir el mundo en caracteres.

Encontré, luego de mi nueva capacidad para aprehenderme de pequeños pincelazos de visón, objetos tan solitarios como los del pequeño libro verde – ese que “se lee en una montada en Metro”-, que ampliaron mi capacidad de recuerdo, que coquetearon a mi imaginación y que me atraparon en su universo, aquel que no existiría sin la prepotencia de los hombres.
La guitarra brilló a pesar de lo vieja que está, de pronto ha sido su vejez la que no me ha permitido “reciclarla”, sonrió entre sus cuerdas oxidadas para hacerme pensar por casi un cuarto de hora que a partir de ella había un universo por escribir (vino el trago), pero la ventana se apoderó de la reflexión… quizá no fue la ventana, de pronto fueron los millones de objetos que jugaban con mis ojos haciéndoles correr como dos niños jugando a las escondidas ¿Cómo no se enloqueció el autor de “Estas 33 Cosas” poniéndole aparato fonético a todo? Quizá tuvo suerte porque le contaron las mismas historias de su abuela.

A través de un libro puede conocerse a quien lo escribe. A lo mejor detrás de esa sonrisa picaresca que connota un sentido del humor enervado, permanece ese hombre que camina por los corredores de una universidad privada dando ínfulas (sin saberlo) de toda una carrera de escritos, de toda una experiencia para atreverse a describir el mundo a su antojo. Me resigné todo el tiempo a imaginar que una persona lo suficientemente letrada asumiría el fútbol como una actividad banal y carente de esencias, pero el señor Spitaletta demostró que alguna vez se ha llenado con las sonoridades del populoso Tango y ha cantado con el alma una anotación de su equipo de fútbol preferido, o –incluso- alguna vez se habrá imaginado la selección ideal del mundo.

Sonó el teléfono y tuve pánico de contestarlo, temía que me amenazaran, pero con el trago siguiente tomé el valor para saludar a mi señora abuela y salirme de ese trajín mental al que me había obligado la lectura del corto texto.

Para escribir un libro se necesita mucho más que carácter, mucho más que determinada edad, mucho más que dinero para publicarlo, mucho más que un título, algo más que unas buenas rutinas de lectura, café, nicotina y alcohol… se necesita tiempo para aprender a relacionar y a entrelazar todo lo que alguna vez estuvo dispuesto para el conocimiento. Si vas a hablar de la historia de un lápiz, acordate de La noche de los lápices; si vas a hablar de poesía no dejes de recordar a Borges.

Estas 33 cosas es un texto que va más allá de esta historia de lectura, que es capaz de palidecer la mente orgullosa de nuevos y viejos pensantes, un texto con el que se puede jugar a ser Dios, un texto con el que se aprende a agradecerle a Dios la funcionalidad de los objetos. Un texto para acompañar una tarde con un par de tragos para comprender el mundo de los objetos. Un factible regalo para quien quiera cambiársele la forma de mirar el mundo. Si pudiera tomar la decisión de cuál fuera mi primer libro, escogería Estas 33 cosas.

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