EL VIA CRUCIS, Crónica de diversión
Abrí los ojos peliagudamente mientras que ellos mismos luchaban contra el cloro, logré pararme entre arcadas (con el perenne recuerdo del pollo Frisby), mareado y desubicado totalmente… de inmediato una sonrisa ajena me cobijó para mostrarme que todo estaba en orden, excepto nuestro siguiente turno, debíamos correr casi 200 escalones para que nadie se interpusiera en nuestra próxima aventura. Así lo hice, como un infante incontrolable por el efecto que le causa la adrenalina de una piscina mezclada con los rayos del sol, me abalancé con toda la velocidad que dan mis piernas para estar de primero – o de segundo porque el primer lugar siempre fue de ella- en la boca del tobogán de agua.
Seguía el tobogán de color amarillo, temía que -como el anaranjado- golpeara mi cara con agua hasta evitarme respirar tranquilamente e impedirme ver la curva que se venía para acomodarme y no dejarme zarandear. Los comentarios no se hacían esperar- “este es más bravo que el anaranjado”, “este si me da miedo”; y ella con sus ojos brillantes me sonreía y miraba hacia donde estaba el tobogán azul. “Cuando nos tiremos de esa licuadora vas a ver lo que es bueno”.
Había dejado de lado todos mis escrúpulos, por primera vez sentía que la igualdad de los hombres era verdadera, todos estábamos visados por los mismos 8 mil pesos y todos éramos hijos de la velocidad, el placer y el agua, aquel líquido vital que impresionantemente dejó de mezclarse con cualquier tipo de fluido humano en mi cabeza. Únicamente tuve dos enemigos, los dos impúberes que siempre quisieron atravesarse en mi lugar.
No quisimos preguntar más por la hora en que abrirían la atracción principal, más bien decidimos hacer la fila antes de que la gran demanda nos rompiera el deseo de dejarnos moler por la “licuadora”. Cuando subíamos los incontables nuevos escalones empecé a padecer los infortunios de un miedoso, se había borrado la talla en mi espalda (por lo menos ya no la sentía). En ese mismo momento no importaba que 300 o 400 personas quisieran estar por delante de mi turno; pero no había nadie, éramos sólo cuatro. La nueva pelea era por no ser el primero. El argumento de ella –la de los ojos claros- era su claustrofobia, sentía que los escasos 5 segundos que duraba el ansiado recorrido le exprimirían el alma.
Llegó el momento, me acordé que este artilugio estaba diseñado para que no pasara nada, el gran temor de sus inventores debía ser que Peranito o Menganito fueran a vomitarse; por lo tanto, ni siquiera me marearía. Me lancé por el mítico tubo y me dejé sobornar por la presión del aire que advertía una velocidad incontrolable y deliciosa. Tan sólo dos segundos después (en la mitad del recorrido) una curva acabó con el idílico desplazamiento; la pequeña avalancha sobre mi cara no se hizo esperar, mi ahogo y mi falta de visibilidad hicieron que los siguientes 3 segundos se sintieran eternos, parecían el vía crucis al que he tenido la fortuna de negar mi asistencia en los últimos años, de este no pude escaparme, aunque el cristo en esta oportunidad tenía como apellido Tangarife.
La llegada a la piscina de dos metros de profundidad fue una especia de resurrección, recuerdo que abrí los ojos como un recién nacido intentando reconocer lo que había a mi alrededor y tratando de asumir dónde estaba. Lo primero que encontré fue esa sonrisa incomparable que de nuevo me motivó a correr para salvar nuestro turno.
Igualmente el premio a tanta adrenalina derramada era esa fuerte explosión de agua que viene seguida de la sensación de estar suspendido sin escuchar nada.
Me sentí profano por unos segundos, creía que mientras unos reflexionaban acerca de su comportamiento habitual (en una fecha tan comercial como la semana santa) yo perdía la capacidad de analizar lo que me convenía realmente. ¿Serían aquellos ojos? ¿Sería masoquismo? O acaso sería hedonismo del más puro… era diversión.
Seguía el tobogán de color amarillo, temía que -como el anaranjado- golpeara mi cara con agua hasta evitarme respirar tranquilamente e impedirme ver la curva que se venía para acomodarme y no dejarme zarandear. Los comentarios no se hacían esperar- “este es más bravo que el anaranjado”, “este si me da miedo”; y ella con sus ojos brillantes me sonreía y miraba hacia donde estaba el tobogán azul. “Cuando nos tiremos de esa licuadora vas a ver lo que es bueno”.
Había dejado de lado todos mis escrúpulos, por primera vez sentía que la igualdad de los hombres era verdadera, todos estábamos visados por los mismos 8 mil pesos y todos éramos hijos de la velocidad, el placer y el agua, aquel líquido vital que impresionantemente dejó de mezclarse con cualquier tipo de fluido humano en mi cabeza. Únicamente tuve dos enemigos, los dos impúberes que siempre quisieron atravesarse en mi lugar.
No quisimos preguntar más por la hora en que abrirían la atracción principal, más bien decidimos hacer la fila antes de que la gran demanda nos rompiera el deseo de dejarnos moler por la “licuadora”. Cuando subíamos los incontables nuevos escalones empecé a padecer los infortunios de un miedoso, se había borrado la talla en mi espalda (por lo menos ya no la sentía). En ese mismo momento no importaba que 300 o 400 personas quisieran estar por delante de mi turno; pero no había nadie, éramos sólo cuatro. La nueva pelea era por no ser el primero. El argumento de ella –la de los ojos claros- era su claustrofobia, sentía que los escasos 5 segundos que duraba el ansiado recorrido le exprimirían el alma.
Llegó el momento, me acordé que este artilugio estaba diseñado para que no pasara nada, el gran temor de sus inventores debía ser que Peranito o Menganito fueran a vomitarse; por lo tanto, ni siquiera me marearía. Me lancé por el mítico tubo y me dejé sobornar por la presión del aire que advertía una velocidad incontrolable y deliciosa. Tan sólo dos segundos después (en la mitad del recorrido) una curva acabó con el idílico desplazamiento; la pequeña avalancha sobre mi cara no se hizo esperar, mi ahogo y mi falta de visibilidad hicieron que los siguientes 3 segundos se sintieran eternos, parecían el vía crucis al que he tenido la fortuna de negar mi asistencia en los últimos años, de este no pude escaparme, aunque el cristo en esta oportunidad tenía como apellido Tangarife.
La llegada a la piscina de dos metros de profundidad fue una especia de resurrección, recuerdo que abrí los ojos como un recién nacido intentando reconocer lo que había a mi alrededor y tratando de asumir dónde estaba. Lo primero que encontré fue esa sonrisa incomparable que de nuevo me motivó a correr para salvar nuestro turno.
Igualmente el premio a tanta adrenalina derramada era esa fuerte explosión de agua que viene seguida de la sensación de estar suspendido sin escuchar nada.
Me sentí profano por unos segundos, creía que mientras unos reflexionaban acerca de su comportamiento habitual (en una fecha tan comercial como la semana santa) yo perdía la capacidad de analizar lo que me convenía realmente. ¿Serían aquellos ojos? ¿Sería masoquismo? O acaso sería hedonismo del más puro… era diversión.

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