LUCHA Y POBREZA
Dagoberto, sin apellido por temor a ser invadido en una intimidad inexplicable, lava carros a la clientela que algún día le dio la confianza para “mantener al pelo las naves”, y lo apoya para tener con que llevar algo de comida a sus seres queridos, aquellos de los que tanto habla y que involuntariamente les liga una responsabilidad, sacarlo de la pobreza.
“William, el menor, el negrito, no sé si usted se acuerda de él, el que venía conmigo el año pasado a ayudarme, si calza más o menos como usted y además esos zapaticos los necesita porque los otros que le regalaron los acabó jugando fútbol. Es el mejor del barrio le cuento”, menciona Dagoberto en respuesta a un ofrecimiento que le hice de unos tennis viejos.
En la mañana Dagoberto sale a pie desde el barrio Zamora a buscar qué le depara el destino. Con un dulce abrigo al hombro, unos zapatos casi sin suela, pero bien limpios y con la necesidad de comer, empieza una jornada que a veces es dura por la cantidad de carros que encuentra para lavar, y a veces, inútil porque no encuentra ninguno. Sostiene a su esposa, a sus tres hijos y al bebé de su hija Sandra.
Aunque Dagoberto sabe que su situación es difícil, acepta que en Medellín y en todo Colombia “la situación es dura” y que probablemente nunca llegará a ser un lugar donde reine la igualdad. “Aquí todos somos muy pobres, pero los que tienen, tienen; y aunque tengan nosotros no vamos a dejar de ser pobres. De todas maneras hay gente como ustedes que a veces de muy buena fe le quitan un hambre a uno y a los de la casa”
Nacer rico o pobre en un país como Colombia, es cuestión del azar, algunos toman su suerte como una tragedia, otros, tratan de ver el buen partido que pueden jugarse en la vida, con o sin dinero.
“Es que en este mundo hay que luchar, yo estoy viejo, pero sé que tengo que comer y que mis hijos también” añade Dagoberto extendiéndome la mano en señal de despedida.
“William, el menor, el negrito, no sé si usted se acuerda de él, el que venía conmigo el año pasado a ayudarme, si calza más o menos como usted y además esos zapaticos los necesita porque los otros que le regalaron los acabó jugando fútbol. Es el mejor del barrio le cuento”, menciona Dagoberto en respuesta a un ofrecimiento que le hice de unos tennis viejos.
En la mañana Dagoberto sale a pie desde el barrio Zamora a buscar qué le depara el destino. Con un dulce abrigo al hombro, unos zapatos casi sin suela, pero bien limpios y con la necesidad de comer, empieza una jornada que a veces es dura por la cantidad de carros que encuentra para lavar, y a veces, inútil porque no encuentra ninguno. Sostiene a su esposa, a sus tres hijos y al bebé de su hija Sandra.
Aunque Dagoberto sabe que su situación es difícil, acepta que en Medellín y en todo Colombia “la situación es dura” y que probablemente nunca llegará a ser un lugar donde reine la igualdad. “Aquí todos somos muy pobres, pero los que tienen, tienen; y aunque tengan nosotros no vamos a dejar de ser pobres. De todas maneras hay gente como ustedes que a veces de muy buena fe le quitan un hambre a uno y a los de la casa”
Nacer rico o pobre en un país como Colombia, es cuestión del azar, algunos toman su suerte como una tragedia, otros, tratan de ver el buen partido que pueden jugarse en la vida, con o sin dinero.
“Es que en este mundo hay que luchar, yo estoy viejo, pero sé que tengo que comer y que mis hijos también” añade Dagoberto extendiéndome la mano en señal de despedida.
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